Cuando tenía 13 años, comencé a actuar en público. Tengo alma de showman y me gusta entretener a la gente, así me ha hecho Dios.
Participé en muchos festivales al aire libre cuando viajé por España durante los años 90. Después de cada actuación, extendía los brazos gritando: ¡un gran aplauso! La gente se emocionaba, aplaudía y yo hacía una reverencia. 
Tiempo después, me di cuenta de que había alguien más a quien le gustaba estar en el centro del escenario. Le gustaban los aplausos, le gustaba recibir atención y algunos de sus amigos le daban lo que pedía. Al final, perdió ese lugar sin recibir ninguna misericordia. Desde entonces, ha seguido buscando la atención de la gente. Un día incluso se atrevió a acercarse a Jesús y ofrecerle todos los reinos del mundo si tan solo “se arrodillaba y le adoraba”.
Ya no busco ningún aplauso. Dios dice, “A otro no daré mi gloria.” De hecho, hemos prohibido los aplausos en la calle después de tocar canciones, dar testimonios o predicar. Jesús está en el centro del escenario, no yo. No a nosotros, no a nosotros sino a TU nombre sea la gloria.
Para que Él crezca,
jacob bock






